Historia de la Iglesia
Para finales del año 2006, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenía casi trece millones de miembros por todo el mundo. De estos trece millones, más de 50 mil prestan servicio como misioneros de tiempo completo. En ese mismo año, se bautizaron en la Iglesia más de 250 mil personas. Esto es más de 700 personas cada día. La Iglesia es una organización mundial. Cada transmisión de la Iglesia es traducida simultáneamente a docenas de idiomas. Los medios de tecnología, como el Internet y los sistemas de satélites se usan a menudo en la Iglesia para mantener unidos a sus miembros. La Iglesia tiene un programa fuerte de servicio humanitario. Cada año miles de personas son bendecidas por los programas de la Iglesia. Muchas veces, después de los desastres naturales, la Iglesia se hace presente con sus servicios de ayuda y de socorro para los que se ven afectados.
La Iglesia es una organización única en el mundo. El recién fallecido Presidente Gordon B. Hinckley, dijo lo siguiente, al hablar acerca de la Iglesia: “Entre las religiones del mundo es singular y admirable. ¿Es esta Iglesia una institución educativa? Sí; constante e interminablemente nos encontramos enseñando en una gran variedad de circunstancias. ¿Es una organización social? Lo es. ¿Es una gran familia de amigos que pasan tiempo juntos y disfrutan de la compañía de unos y otros? ¿Es una sociedad de ayuda mutua? Sí. Posee un extraordinario programa para edificar la autosuficiencia y brindar ayuda a los necesitados. Es todas esas cosas y más. Pero más que eso, es la Iglesia y reino de Dios, establecidos y dirigidos por nuestro Padre Celestial y Su amado Hijo, el Señor Jesucristo resucitado, para bendecir a todos aquellos que entren en Su redil.” (“El maravilloso fundamento de nuestra fe” Liahona Noviembre 2002, pp. 80) Al observar la estabilidad y el gran beneficio que está iglesia trae a la humanidad, es inevitable preguntar acerca de sus orígenes, y de lo que compele a una organización como ésta a proveer tantos servicios y bendecir tantas vidas.
Había necesidad de que Jesucristo estableciera una Iglesia sobre la tierra en nuestra época. Jesucristo organizó una Iglesia cuando estuvo sobre la tierra. A Pedro le dijo: “sobre esta roca edificaré mi iglesia.” (Mateo 16:18) Pablo también hablo del fundamento de la Iglesia de Jesucristo en su carta a los efesios: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” (Efesios 2:19-20) Más adelante, Pablo explica que el propósito de la Iglesia de Jesucristo era la unidad de la fe, y la protección de las doctrinas erróneas que pudieran causar daño a los seguidores de Cristo y sus enseñanzas (véase Efesios 4:11-14).
Después de la resurrección de Cristo y su ascensión, los apóstoles quedaron a cargo de la Iglesia. En el libro de Hechos, se puede notar que los seguidores de Cristo aceptaban a los apóstoles como autoridades sobre la tierra y en la doctrina de Cristo. Esta Iglesia, que Jesucristo mismo estableció, cayó debido a la maldad de la gente. Jesucristo advirtió a los apóstoles acerca de la persecución que ellos sufrirían y las dificultades que vendrían a la Iglesia. En Mateo 24, Jesucristo explicó esto: “Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.” Los apóstoles también advirtieron vez tras vez a los santos en cuanto a las personas que tratarían de desviarlos. Si se analiza una situación que Pablo vivió con los santos de Galicia, se puede notar el patrón de la caída de la Iglesia de Cristo. Pablo protegía a la Iglesia de doctrinas corruptas. En esta ocasión él escribió: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo…Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema…mas os hago saber, hermanos que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.” Se puede ver que, en su función de apóstol, Pablo podía proteger la Iglesia de las doctrinas corruptas. Con la muerte y persecución de los apóstoles, la Iglesia quedó expuesta a esta corrupción. Los miembros que quedaron se apartaron de los canales de revelación, perdieron la autoridad y la Iglesia que Jesucristo había formado fue destruida por los hombres. Con el tiempo muchas personas trataron de “arreglar” la Iglesia de Cristo, pero sin la autoridad ni la revelación de Dios, no pudieron establecer la Iglesia tal como Cristo lo había hecho.
Jesucristo restauró su Iglesia por medio de un profeta. Dios siempre ha utilizado el método de llamar a nuevos profetas para darnos su palabra. En Amós se puede leer la importancia que tienen los profetas para los propósitos de Dios: “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.” (Amós 3:7). Antes del diluvio, se llamó a Noé, para el éxodo se llamó a Moisés, la primera Iglesia que Cristo formó tenía como base apóstoles y profetas, y para restaurar su Iglesia a la tierra, se llamó a José Smith. En 1820 José Smith tenía catorce años de edad. Varios sucesos llevaron al joven José a su llamamiento divino. José fue criado en un hogar cristiano, donde a menudo se hacía énfasis en vivir vidas rectas. La lectura de la Biblia era costumbre en la casa. Por esto, el joven José sentía una necesidad vivir correctamente, y se preocupaba por el bienestar de su alma. En esta época, había una gran agitación religiosa en la región donde vivía José. Él explica el efecto que esta agitación tuvo en sus pensamientos:
“Durante estos días de tanta agitación, invadieron mi mente una seria reflexión y gran inquietud; pero no obstante la intensidad de mis sentimientos, que a menudo eran punzantes, me conservé apartado de todos estos grupos, aunque concurría a sus respectivas reuniones cada vez que la ocasión me lo permitía. Con el transcurso del tiempo llegué a inclinarme un tanto a la secta metodista, y sentí cierto deseo de unirme a ella, pero eran tan grandes la confusión y la contención entre las diferentes denominaciones, que era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna experiencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no.
Tan grande e incesante eran el clamor y el alboroto, que a veces mi mente se agitaba en extremo. Los presbiterianos estaban decididamente en contra de los bautistas y de los metodistas, y se valían de toda la fuerza del razonamiento, así como de la sofistería, para demostrar los errores de aquéllos, o por lo menos, hacer creer a la gente que estaban en error. Por otra parte los bautistas y los metodistas, a su vez, se afanaban con el mismo celo para establecer sus propias doctrinas y refutar las demás.
En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?”
Entre estas dificultades, José encontró guía en la Biblia:
“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.
Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber; porque los maestros religiosos de las diferentes sectas entendían los mismos pasajes de las Escrituras de un modo tan distinto, que destruían toda esperanza de resolver el problema recurriendo a la Biblia.”
José decidió seguir el consejo que encontraba en la Biblia. Se apartó una arboleda cercana a su casa a orar. El describe en sus propias palabras lo que sucedió mientras oraba:
“vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí…al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”
Dios el Padre y Jesucristo mismo visitaron al joven José Smith. Le dijeron que ninguna de las iglesias que estaban sobre la tierra tenía la verdad y que no se uniera a ellas. Se le indicó que ellos tenían una obra importante para él, y que el sería el medio por el cual ellos establecerían Su Iglesia nuevamente sobre la tierra.
La Iglesia creció poco a poco, según sus necesidades y la madurez de los miembros y la sabiduría de Dios. A pesar de sufrir mucha persecución, José logró establecer la Iglesia. El primer paso fue traducir el Libro de Mormón. Después, José recibió la autoridad para dirigir la Iglesia de las manos de los últimos apóstoles que la poseían: Pedro, Santiago y Juan. Finalmente, se estableció la Iglesia el 6 de abril de 1830. A medida que la Iglesia crecía, la organización de ésta si iba estableciendo. En 1835 se organizó el quórum de los Doce Apóstoles y el quórum de los Setenta. En 1836 se dedicó el primer templo de la Iglesia. Nuevas organizaciones se fueron agregando y consolidando, siempre sobre el “fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” (Efesios 2:19-20)
Los primeros días de la Iglesia fueron difíciles. José Smith y la Iglesia fueron perseguidos. José Smith fue atacado por afirmar haber visto a Dios y a Jesucristo. Aunque las personas no creían en su mensaje, dirigían su atención hacia él y lo trataron de destruir. Los miembros de la Iglesia también sufrieron. Varias veces se congregaron para tratar de vivir su religión. Todas estas veces los miembros fueron echados de sus hogares, por otras personas que no eran de su fe, y obligados a establecerse completamente de nuevo en algún otro lugar. Después de intentar establecerse así varias veces, los miembros de la Iglesia emigraron a lo que hoy se conoce como el estado de Utah, donde encontraron la paz para seguir su religión sin amenazas ajenas.
La Iglesia floreció en Utah. La Iglesia siempre ha trabajado fuertemente en la obra misional. Desde que se estableció en Utah, la Iglesia ha predicado el Evangelio por todo el mundo. Durante los primeros años de su existencia, se invitaba a los miembros nuevos de la Iglesia a congregarse en Utah. Desde mediados del siglo pasado, los miembros han recibido la invitación de permanecer en sus lugares de residencia y tratar de fortalecer la Iglesia así por todo el mundo. Hasta el día de hoy, la Iglesia sigue creciendo de esta manera.
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